Cada semana, cientos de clientes vuelven a sus estudios convencidos de que su tatuaje “ha perdido color”.
La historia se repite: el artista se defiende, el cliente se decepciona y ambos culpan al proceso.
Pero casi nadie mira el verdadero origen del problema: la piel no recibió el cuidado correcto.

Un tatuaje no se borra porque el pigmento sea malo o el tatuador inexperto.
Se degrada porque la piel, al cicatrizar, elimina lo que no logra retener.
Y eso ocurre cuando la crema utilizada no respeta la biología del tejido.
Las cremas genéricas de farmacia o cosmética corporal están diseñadas para piel sana.
En una piel recién tatuada, sus siliconas y aceites densos crean una película impermeable que atrapa calor y sudor.
El resultado: maceración.
La superficie se ablanda, la tinta se desplaza y, con la primera descamación, parte del color se va.
En el extremo contrario están los productos que prometen “efecto seco” o “absorción inmediata”.
Parecen cómodos, pero resecan en exceso, interrumpen la hidratación natural y forman microcostras invisibles que levantan el pigmento.
La piel pierde flexibilidad y el tatuaje se apaga antes de tiempo.
La tinta no falló.
Falló el entorno en el que debía consolidarse.

Sigma Soul Recovery nació para corregir ese error repetido.
Su fórmula mantiene la humedad funcional, oxigena el tejido y regula la regeneración celular.
No tapa, no seca, no altera.
Simplemente crea las condiciones que la piel necesita para conservar lo que el artista dejó dentro.
Un buen tatuaje empieza con la aguja, pero se completa con la química adecuada.
El arte estaba bien.
Faltaba la crema correcta.
Sigma Soul Recovery — donde el resultado depende de ciencia, no de suerte.
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